La verdadera tragedia nacional no es el temor a que nos dejen morir, sino las miles de personas que fallecen en las listas de espera debido a los mitos que aún nos impiden donar órganos
Lamentablemente, manifestar formalmente la voluntad de ser donador de órganos en nuestro país sigue siendo el centro de un mito común. Debido a esto, muchas personas evitan registrarse como tal en su licencia de conducir o portar una credencial de voluntario bajo una premisa alarmante: el miedo a que, si llegan a sufrir un accidente grave, el personal médico simplemente no haga todo lo posible por salvarles la vida porque “necesitan” sus órganos.
Esta idea, alimentada por el imaginario colectivo, la desconfianza institucional y la desinformación, provoca que todavía muchos descarten la posibilidad de convertirse en donadores tras su fallecimiento. Sin embargo, dicho temor es completamente inviable en el mundo real por razones logísticas, éticas y clínicas.
El primer argumento —y el más lógico— es que en la medicina existe un dogma supremo: salvaguardar la vida siempre que sea posible. Cuando un paciente politraumatizado o en estado crítico arriba a una sala de choque, la prioridad absoluta e inmediata del equipo de urgencias es estabilizar al paciente. En esos momentos de crisis, nadie se detiene a revisar la cartera de la persona para verificar su estatus de donador. Los médicos nos enfocamos en salvar la vida en el presente.
En segundo lugar, para que alguien pueda convertirse en donante, debe activarse un engranaje institucional de complejidad milimétrica, donde múltiples variables clínicas y legales tienen que alinearse de forma perfecta.
Por un lado, se requiere el diagnóstico de muerte cerebral. Los candidatos potenciales a donación no son pacientes graves “desahuciados”, sino personas con muerte encefálica confirmada e irreversible. Clínicamente, el paciente ya ha fallecido; el tallo cerebral ha perdido toda función y solo un ventilador mantiene el corazón latiendo de forma artificial para oxigenar los tejidos.
Además, por ley en México, la última palabra la tiene la familia directa, la cual debe firmar el consentimiento informado en medio del duelo, independientemente de la voluntad expresada en vida por el paciente.
Finalmente, está la logística de trasplantes. Se requiere que el Centro Nacional de Trasplantes (CENATRA) localice a un receptor compatible en la lista de espera y que un equipo de cirujanos especializados esté listo para realizar la procuración a contrarreloj.
Lograr una donación de órganos en México es una hazaña médica y burocrática extraordinaria. Sostener la teoría de que el sistema de salud abandonará a un paciente a su suerte en urgencias solo por haber firmado una tarjeta de voluntario no solo es un insulto al gremio médico —el cual busca salvaguardar la vida de sus pacientes todos los días—, sino también una falacia que propicia, en parte, que México tenga una de las tasas de donación más bajas a nivel mundial.
La verdadera tragedia nacional no es el temor a que nos dejen morir, sino las miles de personas que fallecen en las listas de espera debido a los mitos que aún nos impiden donar. Eduquémonos para que, en caso de llegar a encontrarnos en esa lamentable situación, nuestro cuerpo se convierta en una oportunidad de vida para alguien más, incluso cuando ya no estemos físicamente aquí.
