Muchas personas creen que cada Viernes Santo llueve, a menudo acompañado de truenos y relámpagos, e incluso que esto ocurre a una hora específica del día. Esta creencia, muy arraigada, se ha transmitido de generación en generación y suele asociarse a un simbolismo religioso: como si el cielo “llorara” por la muerte de Jesucristo o como un castigo hacia quienes participaron en su crucifixión.
Algunas interpretaciones encuentran sustento en pasajes bíblicos que mencionan fenómenos como oscuridad o temblores tras la muerte de Cristo. Con el tiempo, estos relatos han reforzado la creencia y han llevado a muchas personas a asociar estas fechas con cambios en el clima.
Desde el punto de vista meteorológico, la explicación es más sencilla. La Semana Santa ocurre entre finales de marzo y abril, un periodo de transición en el que el calor comienza a intensificarse y cada vez va ingresando más humedad en buena parte de México, incluyendo Veracruz. Este calentamiento diurno, combinado con la humedad y factores orográficos, favorece la formación de nubes de gran espesor (desarrollo vertical), capaces de producir chubascos acompañados de actividad eléctrica, ráfagas de viento e incluso granizo, especialmente durante las tardes y noches. Estos fenómenos suelen ser locales y de corta duración.
Por ello, no es extraño que en algunos años coincidan lluvias con el Viernes Santo; sin embargo, esto no ocurre siempre ni en todos los lugares. De hecho, hay muchos años en los que el día transcurre sin precipitaciones.
En conclusión, cuando llueve en Viernes Santo no se trata de un fenómeno religioso, sino de una coincidencia con las condiciones atmosféricas típicas de esta época del año.
